17 de agosto de 2016

Olga Orozco


*Mujer en su ventana


Ella está sumergida en su ventana
contemplando las brasas del anochecer, posible todavía.
Todo fue consumado en su destino, definitivamente inalterable desde ahora
como el mar en un cuadro,
y sin embargo el cielo continúa pasando con sus angelicales procesiones.
Ningún pato salvaje interrumpió su vuelo hacia el oeste;
Allá lejos seguirán floreciendo los ciruelos, blancos, como si nada,
y alguien en cualquier parte levantará su casa
sobre el polvo y el humo de otra casa.
Inhóspito este mundo.
Áspero este lugar de nunca más
Por una fisura del corazón sale un pájaro negro y es de noche
–¿o acaso será un dios que cae agonizando sobre el mundo?–,
pero nadie lo ha visto, nadie sabe,
ni el que va creyendo que de los lazos rotos nacen preciosas alas,
los instantáneos nudos del azar, la inmortal aventura,
aunque cada pisada clausure con un sello todos los paraísos
prometidos.
Ella oyó en cada paso la condena.
Y ahora ya no es más que una remota, una inmóvil mujer en su
ventana
la simple arquitectura de la sombra asilada en su piel,
como si alguna vez una frontera, un muro, un silencio, un adiós,
hubieran sido el verdadero límite,
el abismo final entre una mujer y un hombre.

*Con esta boca en este mundo


No te pronunciaré jamás, verbo sagrado,
aunque me tiña las encías de color azul,
aunque ponga debajo de mi lengua una pepita de oro,
aunque derrame sobre mi corazón un caldero de estrellas
y pase por mi frente la corriente secreta de los grandes ríos.
Tal vez hayas huido hacia el costado de la noche del alma,
ese Xal que no es posible llegar desde ninguna lámpara,
y no hay sombra que guíe mi vuelo en el umbral,
ni memoria que venga de otro cielo para encarnar en esta dura nieve
donde sólo se inscribe el roce de la rama y el quejido del viento.
Y ni un solo temblor que haga sobresaltar las mudas piedras.
Hemos hablado demasiado del silencio,
lo hemos condecorado lo mismo que a un vigía en el arco final,
como si en él yaciera el esplendor después de la caída
¡Ah, no se trata de la canción, tampoco del sollozo!
He dicho ya lo amado y lo perdido,
trabé con cada sílaba los bienes y los males que más temí perder.
A lo largo del corredor suena, resuena la tenaz melodía,
retumban, se propagan como el trueno
unas pocas monedas caídas de visiones o arrebatadas a la oscuridad.
Nuestro largo combate fue también un combate a muerte con la muerte, poesía.
Hemos ganado. Hemos perdido,
porque ¿cómo nombrar con esta boca,
cómo nombrar en este mundo con esta sola boca en este mundo con esta sola boca?

*La corona final



Si puedes ver detrás de los escombros,

de tantas raspaduras y tantas telarañas como cubren el hormiguero de otra vida,

si puedes todavía destrozarte otro poco el corazón,

aunque no haya esperanza ni destino,

aparta las cortinas, la ignorancia o el espesor del mundo, lo que sea,

y mira con tus ojos de ahora bien adentro, hasta el fondo del caos.

¿Qué color tienes tú a través de los días y los años de aquel a quien amaste?

¿Qué imagen tuya asciende con el alba y hace la noche del enamorado?

¿Qué ha quedado de ti en esa memoria donde giran los vientos?

Quizás entre las hojas oxidadas que fueron una vez el esplendor y el viaje,

un tapiz a lo largo de toda la aventura,

surjas confusamente, casi irreconocible a través de otros cuerpos,

como si aparecieras reclamando un lugar en algún paraíso ajeno ya deshora.

O tal vez ya ni estés, ni polvo ni humareda;

tal vez ese recinto donde siempre creíste reinar inalterable,

sin tiempo y tan lejana como incrustada en ámbar,

sea menos aún que un albergue de paso:

una desnuda cámara de espejos donde nunca hubo nadie,

nadie más que un yo impío cubriendo la distancia entre una sombra y el deseo.

Y acaso sea peor que haber pasado en vano,

porque tú que pudiste resistir a la escarcha y a la profanación,

permanecer de pie bajo la cuchillada de insufribles traiciones,

es posible que al fin hayas sido inmolada,

descuartizada en nombre de una historia perversa,

tus trozos arrojados a la hoguera, a los perros, al remolino de los basurales,

y tu novela rota y pisoteada oculta en un cajón.

Es algo que no puedes soportar.

Hace falta más muerte. No bastarían furias ni sollozos.

Prefieres suponer que fuiste relegada por amores terrenos, por amores bastardos,

porque él te reservó para después de todos sus instantáneos cielos,

para después de nunca, más allá del final.

Estarás esperándolo hasta entonces con corona de reina

en el enmarañado fondo del jardín.

- *De :"Con esta boca en este  mundo"-Editorial Sudamericana-1994-


Olga Orozco,nació el 17 de marzo de 1920 en Toay, La Pampa. Olga adoptó como apellido literario el de su madre: Cecilia Orozco, nacida en San Luis.
Del ambiente familiar y de los campos y bosques que explotaba su padre- guardaba entrañable memoria. Constituían el paraíso de la infancia. Sus primeros años transcurrieron entre aquella población y Buenos Aires. En 1928, la familia se trasladó a Bahía Blanca donde la niña se aficionó al mar. En 1936 se instaló en Buenos Aires y aquí se recibió de maestra. En la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires conoció a Daniel Devoto, a Eduardo Jorge Bosco y, más tarde, a Alberto Girri, poetas y amigos muy queridos. Pronto trabó amistad con Norah Lange y Oliverio Girondo, animadores de un círculo literario y festivo en el cual se vivía y se cultivaba el surrealismo.
En los 60 trabajaba como redactora en la revista Claudia.
-"Los poetas que tuvieron influencia sobre mi -señala- fueron San Juan de la Cruz, Rimbaud, Nerval, Baudelaire, Milosz, Rilke.-
Su primer libro, Desde lejos (1946), Las muertes (1952), Los juegos peligrosos (1962), La oscuridad es otro sol (1962), Museo salvaje (1974), Cantos a Berenice (1977), Mutaciones de la realidad (1979), La noche a la deriva (1984), En el revés del cielo (1987), Con esta boca, en este mundo (1994), espléndido conjunto de refinada calidad literaria.
En los 90 muere su esposo, el arquitecto Valerio Peluffo (estuvieron unidos durante veinticinco años). El 17 de noviembre de 1995 presenta en Toay y en su casa "También luz es un abismo".
El 28 de noviembre de 1998 recibe en Guadalajara el VIII Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo.
"Viajó por países de la América hispánica. Una beca del Fondo Nacional de las Artes le permitió, durante nueve meses, recorrer España, Italia, Francia y Suiza.
Recibió distinciones y homenajes: el Primer Premio Municipal de Poesía, el Gran Premio de Honor de la Fundación Argentina para la Poesía, el Premio Municipal de Teatro por una pieza inédita titulada Y el humo de tu incendio está subiendo; el Gran Premio del Fondo Nacional de las Artes, el Premio Esteban Echeverría de Poesía, el Primer Premio Nacional de Poesía, el Gran Premio de Honor de la SADE, la Láurea de Poesía de la Universidad de Turín, el Premio Gabriela Mistral, otorgado por la OEA, el Premio Juan Rulfo.

Sus poemas- muchos de ellos recogidos por La Nación- atraían a poetas de las nuevas generaciones, que con frecuencia en homenajes y recitales rodeaban a Olga y la aclamaban, atraídos por sus textos, sin duda, pero también por su seductora personalidad y hasta por su sola presencia. Leía inmejorablemente y, gracias a esa virtud, sus recitales resultaban espectáculos que encendían el entusiasmo del público. Emanaba de Olga Orozco una fuerza irresistible.

Poseía una inteligencia sutil y sabía explayarse con lirismo y ternura. No era la suya una fantasía embrollada y caprichosa; su intelecto limpiaba y ordenaba la imaginación dotándola de esa ejemplar armonía propia del arte destinado a perdurar. Su obra, traducida a varios idiomas, es una preciosa conquista argentina para todas las letras hispánicas. Queda ahora cerrada, pero al mismo tiempo se abre a los múltiples goces de futuros lectores".
Falleció el 15 agosto de 1999 a los 79 años como consecuencia de una afección circulatoria, sus restos se encuentran en un cementerio privado de Pilar, Provincia de Buenos Aires.